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Como cada noche en los últimos meses, Raúl bajaba  al Metro.

Deambulaba por los andenes, las estaciones, observaba a su alrededor, se cruzaba con gente, pensaba….

A veces , llevaba un libro, releía, escuchaba  el ruido y el aislamiento en el que estaba recluido..

 Noches fuera de su vida real, su vida cotidiana, la auténtica, buscando algo  que no sabía qué era, pero que tenía la esperanza de encontrar.

Según avanzaban las horas, se sentía más seguro de su entorno, a veces se paseaba por el túnel vacío y oscuro… sin miedo.

En la distancia vio un grafitero , completamente abstraído pero alerta. Le sintió y se quedó quieto; notó que se acercaba despacio, la oscuridad les envolvía. ¿Cuál de ellos se sentiría más inseguro?

La luz de un semáforo al final del túnel hizo que pudieran por un momento verse las caras, ambos de treinta y tantos, ambos allí , callados.

Raúl siguió su camino.

El grafitero quedo desconcertado, no había visto miedo en su mirada, eso le humillaba, estaba convencido, de que en parte, su poder, radicaba en el miedo, el miedo que veía en las miradas de los otros al apartarse de él . Eso le hacía sentirse seguro, satisfecho, fuerte, dominante.

Le intrigó tanto, que pasó semanas buscándolo por los vagones, en los túneles.

Allí abajo los códigos estaban claros y quizá el más importante era el rechazo del resto, de los demás..la marginación.

Así comentó el episodio del túnel con los otros, los demás : la mujer que disfrutaba gritando en un vagón durante el día, viendo como la gente se apartaba, bajaba la vista , agarraba su bolso, la señalaban y se reían..

Pero temerosos.

 O  el hombre aparentemente gris, que subía y bajaba las escaleras del metro sin parar, durante horas. Algunos días tenía hasta corrillo, le jaleaban, le animaban, hasta le hacían video, sin que se viera su cara, le imitaban y  él  cada día disfrutaba más de convencerles de su locura.

Los grafitis, las pintadas, dejaron de tener tanto interés, sólo pensaba en encontrarle, en realidad, en decirle que ese era su territorio y amedrentarle.

Entonces una mañana, como tantas otras, fue al bar de Ramon, a tomar su café cargado después de una larga noche.

En la casa de enfrente le vio, asomado a una terraza, recién duchado, parecía distraído, ausente.

Pensó que a él no podría reconocerle, esperó, le siguió, le vio entrar en el hospital, subir a la 6º planta .

 Estaba muy cerca de él,  le miró, supo entonces que le había reconocido, supo, que sentía como  él,  la necesidad humana de pertenecer, sintió su carencia afectiva, social, física..

Sintió su aislamiento, lo podía tocar.

Quiso abrazarle.. pero sólo le sonrió y se fue.

 Había descubierto que era uno de ellos, uno más atravesado por el tiempo, las circunstancias, las decisiones y la absoluta soledad.