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Alberto y yo éramos amigos desde la universidad. Teníamos una conexión especial.  Incluso planeábamos empezar un pequeño negocio juntos.  Luego, fuimos encarrilando nuestras vidas por separado, pero siempre estuvimos en contacto. Me llamó pero yo estaba en una reunión, y me dejó un mensaje de voz.: “Hola Mario, vuelvo mañana a Madrid por un tema de trabajo. Me gustaría verte, comer juntos.  Le noté nervioso, preocupado. Yo lo entendía, aunque no sabía de qué manera estar más cerca de él después de lo ocurrido.

  Hacía unos meses había empezado una relación con una mujer; Sara.

A ella sólo la vi una vez en una cena. Ellos  dos , mi mujer Elena  y yo. Me sentí realmente contento porque vi que encajaban a la perfección. Se miraban y se abrazaban con naturalidad, como si llevasen juntos mucho tiempo. Ella se mostraba con él dulce y cariñosa, no ñoña. Cuidadosa y elegante, vestía de forma minimalista y sobria. En fin, me había cautivado. En un momento a solas con Alberto, le dije: es extraordinaria, te veo tan sereno que me sorprendes. Menos mal que decidiste al fin apartarte de Lidia.  Nunca te vi bien con ella. Es verdad que Lidia lo llenaba todo, líder de todos los saraos…., pero nunca la miraste “desde el corazón”. Por cierto,   ¿Has vuelto a verla, pregunté? Pero en un incómodo silencio, la pregunta flotó en el aire..

 Desgraciadamente, Sara murió. Mi amigo quedó destrozado. Todo había sido tan extraño, que yo pensaba que no podría  recuperarse. Sara cayó desde el balcón  de su casa y no se pudo hacer nada por salvar su vida. Él fue investigado. Sufrió mucho. Nada ni nadie podía dar una explicación y se cerró el caso como un suicidio.

Quedamos en un restaurante Italiano. Yo pretendía  volver por un momento a esos buenísimos ratos juntos de estudiantes y risas cuando la vida estaba por delante en toda su extensión. Me sonrió y me abrazó al verme.  Le noté muy vulnerable,  me desconcertó….los maravillosos platos de pasta del restaurante no estaban haciendo su función de revival. El ambiente era denso, me miraba con mucha preocupación.

Estoy deseando que viajes menos, le dije.  Toda la tecnología con la que nos comunicamos no es suficiente, prefiero que estés cerca…….él no me seguía la conversación, estaba pálido. Me dijo: escúchame , me siento totalmente hundido, tengo un miedo atroz. Cada vez que una mujer se acerca a mí, ocurre un desastre, es un aviso, es una señal que si yo intento obviar, el desenlace es inesperado, cruel; me paraliza y no sé cómo acabar con esto, sólo se me ocurre huir.

Cuando conocí a Lidia,  era extrovertida, alegre, divertida y muy guapa.  Yo me sentía el hombre más afortunado del mundo, pero pasado un año se convirtió dentro de casa en un ser desconocido total y absolutamente.  Gritaba, rompía cosas, destrozaba mi ropa, desaparecían mis libros y me amenazaba constantemente.

 Empecé a ir a un psicólogo, me decía que tenía que denunciarlo, se lo dije a ella y me pidió que la perdonara, que no volvería a ocurrir.

Así pasaban los meses, yo me consumía, había empezado a temerla; esa fue mi perdición. Se dio cuenta y un día me dijo:  tienes razón, no somos felices juntos, es mejor que nos separemos ahora. Parecía tan razonable que pensé que el loco era yo. Tomé rápidamente su palabra y nos separamos amistosamente, no había matrimonio ni hijos, fue tan fácil que en mi cabeza creí que todo lo había exagerado.

 Al principio de dejarlo ocurrían pequeñas cosas. Una compañera con la que iba frecuentemente a comer, se tropezó en la calle. Iba sola. Según algunos testigos una mujer corriendo la había tirado al suelo y se rompió un tobillo.

 Con una amiga de mi hermana, pintora, quedé en la inauguración de una galería de arte contemporáneo. La vi radiante y nos despedimos, con cierta tristeza por mi parte de no haber dado un paso más. Pero al rato me llamó, la habían atracado en la puerta de su casa, se habían llevado el bolso y estaba completamente fuera  de sí.

Después conocí a Sara. Tenía todas mis esperanzas puestas en ella y cuando murió, el mundo se me vino encima ,el miedo me paralizó y entonces sentí que todo encajaba, que Lidia estaba detrás. Que no saldría de mi vida y que yo sólo podía desaparecer.

 Alberto se acercó  más a mí y me habló al oído. Me estremecí: Mario, me dijo. Si Lidia  se pone en contacto contigo, no te fíes de nada de lo que te diga, trátala con amabilidad y cercanía, no dejes que palpe tu miedo y nunca, nunca, pase lo que pase, le hables de mí.