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Cuando al fin me recibió, cuando pude entrar en su despacho y verle frente a mí, todas las palabras, los argumentos, el convencimiento de mi petición..todo había desaparecido. Le llamaron al teléfono, siéntate por favor, me dijo, él se levantó y fue hacia la puerta, mi cabeza no paraba de dar vueltas. Recordé que mantenerse erguido con los hombros hacia atrás es aceptar, con los ojos bien abiertos, la responsabilidad de asumir los errores, significa encarar las cosas como vienen, no sin antes, haberlo intentado todo.

Hacia solo una semana que había salido la nota de Geología, y con ese suspenso, agoté las seis convocatorias disponibles para los alumnos de la Facultad de Farmacia,  ese suspenso significaba el final de mi carrera, en primero, un desastre del que no me había atrevido a hablar con nadie. A solas pensaba como encarar la situación, que hacer y decidí hablar con el Decano de la Facultad. Me dijeron que debía dejar una solicitud de mi petición, por escrito, a su secretaria.

Al ponerme a escribir pensé en utilizar las palabras, para hacer que me proporcionaran lo que quería, tergiversar, escribir un discurso para complacer a quien lo iba a leer, argumentar algo que me excusara, echarle la culpa a alguien, inventar una historia, una enfermedad, un problema grave en mi familia, alucinar con la profunda tristeza que puede producir una depresión, pero en realidad nada me parecía razonable, ni ético, ni aceptable, ni digno.

 Hay dos formas totalmente distintas de existir, ir a lo fácil o decir la verdad y yo pretendía vivir una mentira, intentando manipular la realidad, porque la realidad en ese momento era insoportable, no encontraba la forma de salir del atolladero en el que estaba metida hasta el cuello. Tenía que ser coherente conmigo misma y resolver la situación.

Entonces, me puse a sopesar todas las posibilidades, contar en mi casa, que ya en primero me habían echado, lo cual se planteaba como un auténtico drama, esconderme en algún sitio donde no pudieran encontrarme, gritar hasta que me encerraran, llorar sin fin y compadecerme…. eran las únicas cosas que me venían a la cabeza.

Había leído sobre un experimento con langostas; si una langosta pierde un combate de forma lacerante, su cerebro básicamente se disuelve y acto seguido se desarrolla otro nuevo, un cerebro de individuo subordinado más apropiado para la posición inferior que le tocaba ocupar. Veía disolverse mi cerebro, sucumbir a la desesperación, no encontrar la salida. Solo pensaba que un error grave necesita un sacrificio igual de grave y quizá lo único que podía plantearme era aceptar la verdad, con todas sus consecuencias, abandonar la carrera por la puerta de atrás, sabiendo que no había sido capaz; pero, aun así, escribí la carta y se la entregue a la secretaria.

Ella me dijo que ya me llamarían, que tenía mucho trabajo, que tendría que esperar a su respuesta, que me la darían por escrito; pero no me moví, me quede sentada allí esperando, desde la mañana hasta la tarde, nadie se dirigía a mí, pero seguí quieta, como una estatua, esperando, durante cinco largos días, sin decir una palabra.

Cuando al fin me recibió, vi que tenía la carta encima de su mesa, colgó el teléfono, perdona me dijo, era una llamada que necesitaba responder. Entonces cogió mi carta, pensé que en ese momento podía cambiar mi destino, mi vida, mis proyectos, que tendría otra profesión, me dedicaría a otra cosa. pero le escuche, me ha sorprendido mucho tu solicitud, asumes la responsabilidad, no hay excusas, no hay certificado médico, no veo argumento alguno para darte otra oportunidad.

 Estoy aquí, le dije, para ofrecerle mi compromiso de seguir, hasta terminar la licenciatura, si usted me da su confianza para poder llevarlo a cabo. Creo que con los datos que tenemos, será difícil asumir este compromiso, me respondió. Lo sé, pero estoy decidida, aunque toda mi decisión no es suficiente.

Entonces me miró, no sé si con condescendencia o con esperanza y dijo, te doy mi confianza si tú me das tu palabra de no abandonar, me quede callada por un momento, estaba asustada, pensaba si sería capaz, si lo podría conseguir, si era absurdo lo que estaba haciendo… se pueden pensar mil cosas en solo un momento, pero como con un resorte me levante y muy seria, convencida le dije, le doy mi palabra.